Las luces se encendieron de pronto, cegándonos momentáneamente.
La madrugada ya no era la misma.
Nuestras sombras se proyectaban más largas que nuestra fe. Nuestras sombras eran ahora sólo mías.
Y como niño huyendo de las verdades mundanas, comprendí.
Y una vez más, los pasillos que conocimos juntos me acogieron.
Y eran blancos, sí, como los recordé por siempre. Pasillos eternos que ya no recuerdas. Esos que ahora yo recuerdo por los dos.
Desapareces ahora, contando tus pasos, marcando el ritmo de nuevos valses, dibujando tu silueta en otros lugares.
Inmaculada la luz que nos enceguece.
Inmutables las sonrisas que fingimos nuevamente.
